Él siempre soñaba mientras dormía. Creo que soñaba
cada noche. Y eso era demasiado soñar. Sin saberlo todo se convertía en
presagio. A veces funestos, a veces delatadores. Siempre soñaba en sueños,
siempre dormido, todo era irreal, pero a la vez, tan cierto.
Ella
sin embargo soñaba despierta pero callada, con la mirada perdida, profunda y
triste. Y antes de llorar ante el espejo, soñaba.
Antes
que la soledad le ahogara, ya solía soñar cada noche, en silencio, con aguas
que se perdían en tierras fértiles. Soñaba con él mismo caminando sobre el agua
turbulenta que lo hacía hundirse irremediablemente. Otras veces soñaba desde la
orilla viendo como el mar se desataba fuerte y bravío, blanco y enérgico. Pero
lo que no sabía es que después soñaría con soñar sobre aguas calmadas,
apacibles y agradables.
Ella
miraba al futuro, pero era como mirar al pasado o al presente. Era como estar
en una casa de espejos. Todo era siempre igual. Una mirada sin esperanza, ni
fuerza ni coraje.
Como
otras tantas mañanas, ya soñaba con largas travesías por inmensos desiertos,
calurosos y secos, deseando desde lo más profundo una simple gota de agua.
Cuando por fin la hallaba, ésta le caía caliente y salada. Irremediablemente se
precipitaba, y nuevamente se perdía en la inmensidad de la tierra. Sobresaltado
despertó, y veía como la luz roja distorsionada del amanecer entraba por su
ventana, mientras ruidos atronadores tras la puerta lo esperaban. Su traje
arrugado y gris le daba los buenos días, al tiempo que las fotos rotas y el
alcohol le entorpecían el camino hasta el baño. El agua de la ducha trataba de
limpiar sus recuerdos, pero eran casi imposibles de borrar.
Ella
ya estaba despierta mucho tiempo antes. Y al igual que él, trataba de borrar sin
éxito los recuerdos, de la misma manera que trataba de borrar el presente. Para
salir de casa siempre cruzaba el largo pasillo del edificio donde nunca había
nadie. En la calle el frío la hacía tiritar, y ni su abrigo gris ni su bufanda
de color verde conseguían aislarla de éste. Tal vez ningún abrigo pudiera hacer
el trabajo de un buen abrazo o una simple caricia. Antes de marchar siempre
miraba hacia el balcón de casa, donde, a través de los barrotes alguien le
decía adiós con la mano brevemente, para luego perderse entre las cortinas.
Tras pensar en ella misma y su soledad, empezó a caminar hasta el trabajo.
Cuando
él salió en el descanso del almuerzo, ya estaba lloviendo hacía un buen rato, y
por eso corrió desesperado hasta esa cafetería de la esquina en la que ella
trabajaba. Y allí la encontró, tras la barra. Sola. Sin saber su nombre le
pidió el especial del miércoles con chocolate caliente, a lo que ella asintió
con la cabeza. Mientras le servía, no podía apartar la mirada de su piel
tostada y largos tirabuzones. Y veía como su mirada andaba perdida por algún
lugar en sabe dios donde. Una vez servido sólo se oyó “su chocolate señor”. Y a
él le pareció la voz más dulce que jamás había escuchado.
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