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domingo, 8 de diciembre de 2013

La voz más dulce

Él siempre soñaba mientras dormía. Creo que soñaba cada noche. Y eso era demasiado soñar. Sin saberlo todo se convertía en presagio. A veces funestos, a veces delatadores. Siempre soñaba en sueños, siempre dormido, todo era irreal, pero a la vez, tan cierto.
            Ella sin embargo soñaba despierta pero callada, con la mirada perdida, profunda y triste. Y antes de llorar ante el espejo, soñaba.
            Antes que la soledad le ahogara, ya solía soñar cada noche, en silencio, con aguas que se perdían en tierras fértiles. Soñaba con él mismo caminando sobre el agua turbulenta que lo hacía hundirse irremediablemente. Otras veces soñaba desde la orilla viendo como el mar se desataba fuerte y bravío, blanco y enérgico. Pero lo que no sabía es que después soñaría con soñar sobre aguas calmadas, apacibles y agradables.
            Ella miraba al futuro, pero era como mirar al pasado o al presente. Era como estar en una casa de espejos. Todo era siempre igual. Una mirada sin esperanza, ni fuerza ni coraje.
            Como otras tantas mañanas, ya soñaba con largas travesías por inmensos desiertos, calurosos y secos, deseando desde lo más profundo una simple gota de agua. Cuando por fin la hallaba, ésta le caía caliente y salada. Irremediablemente se precipitaba, y nuevamente se perdía en la inmensidad de la tierra. Sobresaltado despertó, y veía como la luz roja distorsionada del amanecer entraba por su ventana, mientras ruidos atronadores tras la puerta lo esperaban. Su traje arrugado y gris le daba los buenos días, al tiempo que las fotos rotas y el alcohol le entorpecían el camino hasta el baño. El agua de la ducha trataba de limpiar sus recuerdos, pero eran casi imposibles de borrar.
            Ella ya estaba despierta mucho tiempo antes. Y al igual que él, trataba de borrar sin éxito los recuerdos, de la misma manera que trataba de borrar el presente. Para salir de casa siempre cruzaba el largo pasillo del edificio donde nunca había nadie. En la calle el frío la hacía tiritar, y ni su abrigo gris ni su bufanda de color verde conseguían aislarla de éste. Tal vez ningún abrigo pudiera hacer el trabajo de un buen abrazo o una simple caricia. Antes de marchar siempre miraba hacia el balcón de casa, donde, a través de los barrotes alguien le decía adiós con la mano brevemente, para luego perderse entre las cortinas. Tras pensar en ella misma y su soledad, empezó a caminar hasta el trabajo.

            Cuando él salió en el descanso del almuerzo, ya estaba lloviendo hacía un buen rato, y por eso corrió desesperado hasta esa cafetería de la esquina en la que ella trabajaba. Y allí la encontró, tras la barra. Sola. Sin saber su nombre le pidió el especial del miércoles con chocolate caliente, a lo que ella asintió con la cabeza. Mientras le servía, no podía apartar la mirada de su piel tostada y largos tirabuzones. Y veía como su mirada andaba perdida por algún lugar en sabe dios donde. Una vez servido sólo se oyó “su chocolate señor”. Y a él le pareció la voz más dulce que jamás había escuchado.

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