No sé
por qué ya no me tocas, casi ni me miras. A veces pasas por mi lado y me quedo
observándote con ojos de complicidad, intentando que hagamos como antes; que
nos miremos fijamente y seamos sólo uno, que nos sintamos tan intensamente que
nuestros corazones vayan al mismo ritmo, nuestra respiración vaya en la misma
sintonía, nuestra mente al mismo tono, que toquemos la misma partitura… pero tú
pasas de largo y haces como si yo no estuviera.
No sé qué te ha pasado, porque yo te
sigo queriendo como antes, quizás más, por aquello de tenerte tan cerca y no
tenerte. Recuerdo como si fuera ayer esas tardes que pasábamos a solas con el
Sol entrando por la ventana de nuestra habitación, mientras tú tomabas café. Tú
me tocabas con suavidad y ternura, pero también con pasión y fuerza. Deslizabas
tus dedos sobre mí como un pañuelo de seda, con la sensibilidad que le pone una
madre a su recién nacido. Tenías una energía desgarradora que ya creo que has
perdido, o al menos no sabes dónde está. Yo intenté en todo momento dar lo
mejor de mí, que sacaras lo mejor de mí, porque sólo tú podías hacerlo. Nunca
le vi a nadie esa pasión que tú me ponías, podías leerme, y cuando abrías tus
ojos, realmente podía ver el fuego en tus adentros, la música de tu interior.
Echo mucho de menos esos momentos de
intimidad, esos que eran sólo para ti y para mí, para nadie más. Por más que lo
pienso, no encuentro ningún motivo por el cuál te alejaste de mí. Porque yo
sigo ahí, en el mismo sitio esperándote, donde siempre.
No sé
si encontraste algo o alguien que te motivara más que yo, que te inspirara más.
Haz lo que quieras, pero me niego a pensar que nunca más volverás a tocarme. Yo
siempre, siempre te estaré esperando, para darte lo que siempre, siempre te dí:
lo mejor de mí.
Te
quiere, te admira y te echa mucho de menos tu amante desesperado, Tu Piano.

No hay comentarios:
Publicar un comentario