Elegancia, maneras,
estilismo, valores, empaque, actitud, personalidad, carácter, porte, hechuras,
hablar con la mirada, hablar con las manos, con el andar, con el peinado, el
simple gesto de encender un cigarrillo… Ya nadie enciende un cigarro como lo
hacía Hamphrey Bogart en Casablanca,
o Gary Cooper, James Dean o Marlon Brando. Y no sólo me refiero a las pantallas
de cine, donde la masculinidad ha dejado paso a lo “atractivo”, “llamativo”,
“perfección anatómica”. Todos ellos no marcaban camiseta, ni salían nunca del
agua con sus lampiños cuerpos, suaves como la piel de un delfín, ni tenían los
bíceps como un saco de patatas. Eran velludos, delgaduchos, menos guapos, e
incluso si se quiere ver así, más feos. Pero tenían algo que ni se enseña ni se aprende, se tiene o no se tiene. Tenían
personalidad en la mirada, encendían su cigarro y se paraba el mundo, que el
humo no les molestara en los ojos era lo normal, eran la percha perfecta para
un gorro y una gabardina, miraban de reojo y te fulminaban, eran elegantes
hasta para atarse los zapatos, besaban siempre como si fuera su última vez. No
eran superhéroes, ni salvadores del mundo, ni sabían Artes Marciales, pero
cuando pegaban hubieras preferido que te atropellara el tren a 200km/h. Tenían
una fuerza bruta pero sensible, con manos rudas, peludas, envolventes y con
carácter, no apretaban al saludar, pero su firmeza era como si tocaras el
cemento. Y la voz… ellos tenían Voz con mayúsculas… Profunda, desgarradora,
hipnotizadora, personal, inflexible… de esas que te hablan y hacen que la
gravedad se multiplique por diez, de manera que no eras capaz ni levantar un
pie del suelo. De esas que te hablan y es como si te arrasara un huracán, como
ver venir un caballo pura sangre corriendo hacia ti y no poder moverte.
No me voy a atrever a decir que ya no queden de esos, pero que los
De Niro, Al Pacino y poco más están en extinción, sin lugar a dudas. No se
puede culpar a nadie por ello, la cuestión es que es muy difícil que persistan,
al igual que ciertos valores: el sacrificio y el concepto de grupo (que han
dejado paso al individualismo), el trabajo, el honor, la caballerosidad, las
maneras, el discurso y la palabra, los principios… Todas esas cosas que
nuestros abuelos y bisabuelos bien sabían lo que eran, pero que quizás, no
hicieron bien el transmitirlo.
Hoy el dinero ha sustituido al respeto, la ética, la moral,
la tecnología está destruyendo la lucidez y el sacrificio, aún siendo la etapa
en que más fácil tenemos el acceso a la información, la lectura, la historia…
pero precisamente es esta facilidad la que está destruyendo nuestra capacidad
de esfuerzo y sacrificio, nuestro concepto de urgencia, de saber qué es lo
realmente importante. El quedarnos sin batería en el móvil es la principal causa
de estrés y desesperación. No actualizar nuestro estado en Facebook cada media
hora es el agente anti socializador a día de hoy. Nuestra impaciencia, nuestra
poca capacidad de espera, aceleran las relaciones, no les dan su tiempo, no
dejan que se cueza a fuego lento, hacen amores de microondas. Lo calientan
antes, pero se queda seco. Si antes tardábamos una vida entera en conocer a
alguien, hoy nos enamoramos en dos semanas, y cuando llegamos a conocernos
realmente, ya no nos gustamos.
Aunque también estoy seguro de que todavía existe ese amor
verdadero. Claro que sí. Claro que dos personas se pueden querer hasta el día
en que estén nicho con nicho. Claro que dos personas se pueden amar aunque
estén arrugados, calvos, aunque no se puedan poner derechos, aunque lo que
menos les duela sea el corazón, aunque tengan un parte médico más largo que el
camino de Santiago… Veo pruebas de ello todos los días en las miradas de
complicidad, de atención, de admiración… pero por otro lado también pienso que
las maneras se han empeorado. No es lo mismo una chuleta de cordero asada con
leña que con un soplete.
Una carta entregada con seudónimo y de incógnito para quedar
junto a la higuera de ese rincón del parque que sólo vosotros dos sabéis; un
mensaje por boca de otro para decir “te
echo de menos”; esperar a quedarte sola en casa para llamarlo; el ramo de
flores que te llegó sin esperarlo; pasar horas muerto de frío en aquella
esquina de aquella calle por la que sabías que tarde o temprano pasaría con sus
amigas; esperar toda una semana para decir “hola,
¿te acuerdas de mí? Porque yo de ti sí que me acuerdo, y no me olvido”.
Lo que está claro es que cada uno lo entiende, y por tanto,
lo pone en práctica a su manera. También está claro que yo no soy nadie para
dar consejos, y no pretendo que esto lo sea, pero sí que diré lo que yo haría:
darle a cada cosa su tiempo, tener paciencia, que cuando llegue mi momento, me
daré cuenta. Eso sí, teniendo claro una cosa (esto sí que es un consejo, pero
uno bueno, bueno que un día me dieron a mí): “Mira Javielito, en esta vida tienes que hacer lo que te salga del
carajo… pero acuéstate todos los días con la conciencia tranquila”. J.C.
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