Cada cosa no tiene un nombre y no hay un nombre para cada cosa. Lo mío no tiene ni nombre, ni cosa, ni forma. Sólo palabras, una detrás de otra. Espero que os gusten o si no, que al menos os entretengan.
jueves, 3 de septiembre de 2020
lunes, 24 de agosto de 2020
Cuando Julio se acaba

Y otra vez el
péndulo se vuelve a marchar justo en la dirección contraria a la que yo voy.
Sentado en los bancos de la punta del muelle, como el que está en una
sala de espera del médico esperando un diagnóstico – como si fuese a ser otro
que Atardecer Crónico, para el que la única cura es la noche-, las palabras de
viento me susurran al oído poemas marineros que me humedecen el alma.
Victoria, Sebastián y José levantan la mano como lo hacen los niños en
clase, apuntando a un cielo que me canta una canción celeste. Al lejos, veo que
las palmeras guardan disciplinadamente la distancia de seguridad, alineadas con
precisión militar ante la atenta mirada y mando del capitán Sol, quien provoca
unas sombras alargadas las cuales parecen que se quieran tocar las unas a las otras.
La pista de baile acuático la ocupan unas graciosas pateras que intentan seguir
el ritmo de un vals marcado por la deshidratada marea, pero su descoordinación
hace que las gaviotas se tronchen de la risa y casi se caigan al agua del
descojone.
Las bicicletas empiezan a andar solas con el Sol en contra y el verano
por delante. Los niños sólo se dedican a pedalear.
Agosto ya se siente en el asfalto sudoroso y deshidratado, por donde las
mariquitas hacen su particular peregrinaje carretera a través. Asfalto en el
que crujen mis pies a medida que voy caminando, persiguiendo esa estela que va
dejando el péndulo en su recorrido.
Una vez muerto y resucitado el Sol, el
fresquito de la mañana se deja sentir y querer, por quien voy deshojando la
margarita de los deseos, para que rocíe con su aliento poderoso las huellas que
dejan los madrugadores caminantes. Los gallos ya han amanecido en los Toruños y
empiezan a calentar voces antes de salir al escenario. Bienvenida campestre a
una nueva mañana. Sopranos de corral.
Cuando el péndulo vuelva a retornar,
porque lo hará, porque siempre lo hace, porque siempre amanece, porque siempre
volvemos a respirar, porque el agua volverá a caer, porque la música volverá a
sonar, porque la marea vuelve todos los días… justo en ese momento de retorno,
justo ahí, volveré a sentir el calor corriendo por mis venas. Porque no se
puede volver sin antes ir, y yo quiero ir y volver, volver a ir.
Ir a por tu mano
y volver a caer a tus pies.
sábado, 20 de junio de 2020
Esa Luz
El salón estaba oscuro pero no tanto como el resto de la casa,
porque del televisor salía una luz que alumbraba todo lo que se disponía, de
manera heliocéntrica, a su alrededor. El resto de las habitaciones estaban
vacías, desoladas y mudas. Las paredes no recordaban ya las últimas palabras
que habían escuchado, ni los espejos las últimas personas que habían visto. El
silencio inundaba todo, sólo el televisor rompía la oclusión de sonidos con sus
ondas, cuyas vibraciones viajaban por el aire pastoso de aquella casa. El eco
que provocaban se escurría por la cocina, luego atravesaba el pasillo
y terminaba ahogándose en el agua del retrete. Desde el final del corredor se podía
ver el marco de la puerta que daba al salón y el reflejo de la luz, como cuando
se entra en un túnel y al lejos se puede divisar el final de éste. Era una luz
blanca que alcanzaba a tocar con la punta de sus dedos el sillón que tenía justo
enfrente. Él estaba postrado ante el aparato, fiel a la programación como un
devoto ante un crucifijo. Los dos frente a frente y mirada fija hacia la
pantalla. Entre sillón y televisor había una antigua mesa de cristal con patas
metálicas, y encima de la mesa sobras de comida de hace varios días, un
cenicero blanco con un cigarro a medio fumar, el cual todavía soltaba algo de
humo y varias colillas muertas, como cucarachas panza arriba. Bajo la mesa, una
alfombra con restos de migas de pan y varios envoltorios de plástico.
Tenía la espalda bien pegada al respaldo del sillón, como si
estuviera pegado o amarrado a él. El brazo le colgaba del reposabrazos
izquierdo, la mano le colgaba del brazo y de la mano le colgaban los dedos que sujetaban desganados el mando del televisor. De vez en cuando, de manera aleatoria, el
cerebro mandaba orden a los dedos para cambiar de canal, cualquier canal. En sus
pupilas se reflejaba la realidad que tenía enfrente. Las imágenes se sucedían
unas detrás de otra de manera relampagueante, y sus ojos, seducidos, las
perseguían como un guepardo a una gacela. Imágenes que desde la realidad
interior del televisor viajaban miles, millones de kilómetros hasta llegar a su
salón, donde se transformaban en estímulos que entraban por sus ojos, la córnea,
la retina y el nervio óptico, quien mandaba la información al cerebro, construyendo así una nueva realidad. La suya.
Vestía con camiseta estropajosa de tirantes blanca, sudada por el
pecho, pegajosa y con manchas ya resecas de varios colores. Debían llevar
varios días o quizás semanas allí incrustadas. Tenía los pies descalzos, una
zapatilla debajo de la mesa y la otra en paradero desconocido, aunque tampoco
la echaba de menos. Calzones de andar por casa, pero lo que se dice andar,
andar no andaba mucho. En el sillón dormía y en el sillón se despertaba. Ni
siquiera se levantaba cuando tocaban a la puerta. Con comer una vez al día era más
que suficiente. Al baño tampoco iba demasiado. El pelo andaba a su aire,
despeinado y desquiciado. La barba hecha andrajos.
En el tiempo que el cerebro mandó la orden a la mano y de la mano al
dedo índice para cambiar de canal, se vio metido de lleno en las noticias
locales del Canal 1. Otra vez, y era la segunda este año, un perturbado había
entrado con un arma en un conocido supermercado y había empezado a disparar a
discreción a todas las personas que se encontraban en su interior. Mientras los
reporteros comentaban la noticia en directo desde el parking, con el
supermercado de fondo, él empezó a deambular por los alrededores, observando
como policías y paramédicos se aseguraban de poner a todo el mundo a salvo y
atender a los heridos. Nadie parecía percatarse de su presencia, todos pasaban
corriendo por su lado como si no existiera, como si no estuviera allí. Pero sí
que estaba, podía escuchar las sirenas, el llanto de la gente, los avisos de la
policía por el megáfono…. El asaltante fue identificado y abatido en cuanto la
policía llegó. No se le conocían antecedentes. Él permanecía de pie junto a los
reporteros, con los brazos caídos y escuchando la declaración de un testigo
ante las cámaras, quien aseguró que el asaltante era un vecino conocido y que
nunca había mostrado síntomas de violencia.
Cambió al Canal 3 donde anunciaban el mejor detergente del mundo. Los
niños, como niños que eran, jugaban en el jardín lanzándose como kamikazes por
el barro y deslizándose varios metros por él. Mamá y papá estaban en la cocina,
por cuya puerta entraron los niños desde el jardín con manchas de barro hasta
en los dientes. Él entró tras ellos. Papá se sorprendió tanto de ver a los niños así, que hasta se derramó el café
encima. Mamá sonrió y dijo que nadie se preocupara, que ella tenía la solución.
Él se acercó con mamá hasta la despensa a coger el detergente milagroso. Ya con
la ropa sucia en la mano, mamá abrió la puerta de la lavadora, y como si
hubiera una cámara dentro de ella, se vio como la metía para lavarla. Él se
asomó a su lado y miró hacia dentro. Al igual que la gente del parking, nadie
parecía percatarse de su presencia. No hay un quitamanchas igual, tanto para
ropa de color como blanca, dijo orgullosa mamá. Por mucho que se ensuciaran los
niños o incluso papá, mamá iba a ser capaz de dejar la ropa como nueva gracias
a ese magnífico detergente. Un solo producto para tener feliz a toda una
familia y a una madre satisfecha con su trabajo.
En el Canal 5 un grupo de tertulianos se sentaban alrededor de una
mesa, debatiendo sobre personas que no estaban allí presentes, juzgando al
mundo en general y personajes famosos en particular, dando lecciones
moralizantes de segunda mano de mercadillo de domingo. Él estaba sentado en la
misma mesa que ellos. Todos menos él tenían un aspecto de neo ricos bien
peinados. La conductora del programa era una señora que hacía ya tiempo había pasado
la edad de jubilación, pero que jugaba a
quitarse años de encima como la que se sacude migajas de pan de la falda. Tenía el pelo excesivamente lacado como si su
estilista se hubiera ido de vacaciones, sobrepeso de Botox en la cara y labios extravagantes de color rosa silvestre. Tenía unas gafas negras que a veces se las
hacía colgar sobre el pecho y otras en mitad de la nariz, gracias al cordón que
las enganchaba y le rodeaba el cuello. Vestía un traje que claramente no era de
su talla, a juego con el pintalabios. No paraba de señalar a los distintos tertulianos,
levantar ambas manos tanto a un lado de la mesa como al otro, tratando de bajar
el excesivo volumen de las conversaciones, basadas en insultos, estupideces e
infundados derechos de opinión sobre la vida de los demás. En ciertos momentos,
de tanto chillar, las voces casi que se podían confundir con ladridos y era ahí
cuando la señora que jugaba a ser joven intervenía. En ocasiones, algún
tertuliano se levantaba de la mesa de manera abrupta, visiblemente molesto y
llorando lágrimas de cocodrilo. Luego solían volver con unos papeles en la mano
y amenaza de abogados en la boca.
En el Canal 2, Él empezó a caminar en mitad de la jungla junto a un
hombre que vestía con camiseta y pantalón corto blanco, gorra hacia atrás y
sandalias rojas. También llevaba una mochila en la espalda y un palo en la
mano. Él sin embargo todavía vestía como en casa. Había otro hombre que iba
grabando todo con su cámara. El objetivo era encontrar alguna serpiente
tailandesa. Tras varios minutos de caminata el hombre de la gorra mandó al que
llevaba la cámara que se quedara quieto, que no se moviera. A Él no le dijo
nada. Se habían topado con una serpiente de color verde radioactivo que yacía tranquila
en la rama de un árbol, pero que empezaba a ponerse nerviosa ante la presencia
de tanto turista. El hombre de la gorra advirtió sereno que se trataba de una
serpiente extremadamente venenosa y mortal, y que tuvieran mucho cuidado de no
alterarla. La serpiente tenía cara de no querer compañía ni amigos, aun así, el
hombre trató de cogerla usando el palo que llevaba en la mano. Advirtió de nuevo al hombre de la cámara que
se apartara, que era muy peligroso, pero que él sabía lo que hacía. Al intentar
atraparla, la serpiente respondió con un intento de mordisco que quedó,
afortunadamente, sólo en eso, en un intento. El hombre permanecía tranquilo. A
ella sin embargo se la veía nerviosa, excitada y molesta. Él pensó que
probablemente a la serpiente no le gustaba mucho salir en televisión.
Él seguía mirando el televisor con fijación y no apartaba la
mirada, con los ojos bien centrados, atentos y abiertos. Sentía su poder, la
llamada, la luz. Poco a poco se incorporó para mirar más cerca separando la
espalda del respaldo del sillón. La luz se hacía más grande e intensa. Todavía
tenía el mando agarrado de la mano. A medida que la luz se intensificaba, Él se
acercaba más. Se sentó al filo del sillón y dejó reposar los codos sobre su
regazo para mirar con más determinación. La luz seguía creciendo, llamándolo.
La pupila se abría más y más. La luz brillaba y penetraba con facilidad a
través de sus ojos. Apartó la mesa de un manotazo y se puso a cuatro patas
sobre la alfombra, gateó para acercarse más al televisor, a la luz. Dejó el
mando en el sillón y siguió acercándose sigilosa y lentamente hacia una luz cada
vez más brillante, que iluminaba ya todo el salón. Se percibía una áurea
alrededor del aparato. La luz crecía y crecía y él se acercaba más y más.
Estaba ya a escasos centímetros del televisor cuando se detuvo y se sentó en
cuclillas, para mirar obsesivo al centro de la luz, que seguía llamándolo.
Totalmente absorbido, embebido en esa áurea, alzó la mano derecha intentando
tocar la pantalla. Justo en el instante en que sus dedos la rozaron, la luz
brilló de manera cegadora y durante unos segundos se hizo tan blanca que no se veía
nada. Tras la explosión de luz, ésta se fue. Volvió la oscuridad y Él estaba ahora
dentro del televisor, palpando la pantalla y mirando con desesperación hacia
afuera, intentando discernir qué era realidad y qué era ficción.
lunes, 27 de abril de 2020
Mesa para 2
La hora de apertura eran las 17.00 de la tarde. Para entonces todo debía
estar debidamente preparado y organizado en el restaurante para recibir a los
comensales. Y los camareros hicieron bien su trabajo. Las mesas perfectamente
decoradas: manteles puestos de tal manera que al caer por los bordes quedaran
equidistantes por cada lado de la mesa, servilletas gemelas colocadas a la
misma distancia unas de otras, cubiertos perfectamente alineados y relucientes,
las copas para el vino totalmente impolutas sin una sola huella, las velas encendidas
y un pequeño jarrón con un par de flores románticas, que según les diera la luz
de un lado o de otro, parecían de color rosa o violeta, no se podía discernir
con claridad de un solo vistazo. Y era porque en la atmósfera del ambiente
dominaba una luz tenue que creaba un cierto tipo de confusión, cierta ambigüedad:
¿las servilletas eran rojas o granates? ¿La mantelería celeste o turquesa? ¿Los
mandiles de los camareros negros o grises? ¿Las paredes blancas o beige? Había
que fijar bien la mirada para salir de dudas, prestar mucha atención para saber
si era una cosa u otra. Aun así, era confuso.
El staff se apresuraba de un lado para otro haciendo todo lo
posible por tener el restaurante bien aderezado y engalanado. Mientras tanto, en
casa, se hacía lo propio. Una noche así no requería menos dedicación. Había que
acicalarse con cuidado y mimo. La presencia y la primera impresión contaban
mucho. Iba a merecer la pena.
Como no podía ser de otra manera, quería
lucir lo mejor posible en una noche tan importante. La ducha caliente le sentó
de maravilla, perfecto para aliviar tensiones, relajarse un poco y dejar que el
agua se llevara los nervios por el desagüe. Puso gran énfasis en la limpieza de
sus manos, especialmente en las uñas, bien recortadas y limpias que brillaban.
No podía permitirse unas manos sucias esa noche. Al salir de la ducha se
dirigió hacia la colección de vinilos que tenía en el salón y seleccionó a Caetano
Veloso, perfecto para ese momento, para esa noche, para ponerle banda sonora a una
casa medio vacía. Sonaba “Un vestido y un
amor”. Se preparó un café. Se vistió
tranquilamente y se peinó con esmero, se engalanó con detenimiento y hasta se
perfumó, ¿por qué no? Quería estar a la altura de las circunstancias, unas muy
especiales y únicas que había ansiado durante muchos años.
Cuando se disponía a salir de casa, hizo una parada ante el espejo
de la entrada y respiró profundo. En los pocos segundos que pasaron antes de
soltar el aire, se miró a los ojos fijamente y por su cabeza pasó como un
relámpago toda la vida de su yo pasado, el yo que había sufrido, el yo que tuvo
que sacrificarse por otros, por los suyos, el yo que había vivido tantas noches
de soledad aun teniendo a su alrededor una multitud anónima, vacía, ruidosa, una
gente que nunca le rellenó sus huecos de cansancio.
Soltó por la boca todo el aire que había cogido y empañó el espejo con el vaho, difuminando el reflejo de su rostro, haciendo desaparecer en un instante ese yo del pasado que había visto hacía tan sólo unos segundos. Se guiñó picaronamente y un ¡tú puedes! le sirvió para animarse, venirse arriba y coger fuerzas, confianza. Una noche como esa era la que había buscado y deseado durante mucho tiempo. A veces pensaba que a su edad jamás iba a tener una oportunidad como la que se le presentaba esa noche, que nunca llegaría a sentir esa sensación que, al sentirla ahora, le erizaba la piel. Pero ahí estaba, a su edad, y por primera vez en su vida iba a estar al frente de una de las cocinas más prestigiosas y exigentes del mundo, a la que no muchos chefs tienen la oportunidad de acceder. Y encima en un mundo varonil tan exigente como la haute cuisine.
Soltó por la boca todo el aire que había cogido y empañó el espejo con el vaho, difuminando el reflejo de su rostro, haciendo desaparecer en un instante ese yo del pasado que había visto hacía tan sólo unos segundos. Se guiñó picaronamente y un ¡tú puedes! le sirvió para animarse, venirse arriba y coger fuerzas, confianza. Una noche como esa era la que había buscado y deseado durante mucho tiempo. A veces pensaba que a su edad jamás iba a tener una oportunidad como la que se le presentaba esa noche, que nunca llegaría a sentir esa sensación que, al sentirla ahora, le erizaba la piel. Pero ahí estaba, a su edad, y por primera vez en su vida iba a estar al frente de una de las cocinas más prestigiosas y exigentes del mundo, a la que no muchos chefs tienen la oportunidad de acceder. Y encima en un mundo varonil tan exigente como la haute cuisine.
Nada más llegar al restaurante saludó a todo el staff agradeciéndoles
su trabajo y se dirigió a la cocina. Inmediatamente los ayudantes dejaron lo
que estaban haciendo. Por un momento, al entrar, se sintió como Cleopatra al
arribar a palacio, levantando a la vez expectación y subordinación. Orgullosa y
con la cabeza bien alta, por fin era ella quien iba a estar dirigiendo una gran
cocina. Entraban las primeras comandas. Comenzaba el servicio. Ella mandaba.
domingo, 15 de marzo de 2020
Tómate un café con quien mejor te conoce
![]() |
| Fíjate bien. ¿Estás ahí? |
Tú. Sí, tú. Tú eres quien mejor me conoce. Nada más verme sabes si he tenido un mal día o por
el contrario, todo me ha venido de cara. Me has visto crecer, me has visto
llorar a lágrima viva, pero también me has visto reír como un niño abriendo sus
regalos el día de reyes. Sólo tú me miras a los ojos sin desviar la mirada ni
un momento, pestañeando al mismo tiempo que yo. Te quedas ahí, valiente,
aguantándome el reto. Tú y yo, como dos cowboys cara al sol esperando a ver
quién desenfunda primero. Como dos hombres, o como dos niños, los que fuimos en
algún momento y de alguna manera, todavía vemos el uno en el otro cuando nos
miramos fijamente.
Es al verte cuando siento realmente lo que me está pasando. Eres fundamental
para poder llegar a entenderme a mí mismo, porque eres mi reflejo. Porque
siempre estás ahí para mí; por la mañana al despertarme, de camino al trabajo e
incluso en el baño de ese bar donde me refugio cuando quiero huir de todo. De
todos. Es verte y sé inmediatamente cómo me voy a sentir. Eres mi gurú
personal, contratado a tiempo completo. Y a muy buen precio. Me sales gratis y
vaya recompensa que me llevo a cambio. Tenerte frente a mí, o a mi lado, cada
día, todos los días de mi vida.
Aunque haya veces que me olvide un poco de ti, sabes que no será por
mucho tiempo. Más tarde o más temprano, acabaré volviendo a ti.
Irremediablemente. Tus mudos consejos siempre funcionan. Son como esa botella
de vino que se lleva a la casa de alguien que te invitó a cenar; éxito
garantizado. O un ramo de flores para un cumpleañero; acierto seguro. O un
abrazo de despedida; algo necesario. Porque eres mi reflejo.
Y lo mejor de todo, sin lugar a dudas, es tu dedicación exclusiva para
conmigo. Sé que hay otros, claro que sí, ¿cómo voy a pensar que soy el único?
¿Que no hay nadie más? Pero lo que me gusta es que cuando estamos juntos, uno
frente al otro, te dedicas a mi 100%. Incluso si es por casualidad, bajando las
escaleras del metro, conduciendo, pasando la aduana, haciendo la compra… Eres
como David Copperfield, que consigue aparecer y desaparecer cuando la gente
menos se lo espera.
También has sido testigo directo de cosas que ambos sabemos nunca debería
haber hecho, de las que fuiste mi cómplice. Cosas de las que me arrepiento y
que un día te juré no volvería hacer, ni que me dejaras hacerlo. Me viste
muchas, demasiadas veces ahí, arrodillado, como un devoto, aspirando
profundamente las pasiones más demoníacas, esas pasiones que se disponen como
dos carriles blancos de vicio idolatrado, que te llevan por la carretera del
pecado envenenado, que no es de manzana sino de hoja, su tentación. Caminos
blancos que entran como el aire que respiras hasta reposar en tu sien, coronar
la montaña de tus sentidos, hincar la bandera del vicio en tu nariz. Caminos
que te confunden, te hacen pensar que andas por el paraíso cuando realmente no
has podido caer más bajo y profundo en los pozos del infierno. Un infierno
donde ni los mejores rezos ni eternas promesas te salvarán, a menos que, como
me pasó a mí contigo, venga alguien, te mire a los ojos y te diga que ya vale.
Eres mi reflejo. Donde te veo a ti, me veo a mí, y al revés. Somos el uno
para el otro, una pareja inseparable. Jack Lemmon y Walter Mathau. Fred Astaire y Ginger Rogers.
El día que no nos hablemos, que nos veamos y no sintamos nada, estaremos
muertos. Sin alma, que al fin y al cabo es más o menos lo mismo. Porque cada
vez que nos vemos, hablamos, y eso precisamente es lo bonito entre tú y yo: que
siempre tenemos algo que decirnos; unas palabras de ánimo, un último consejo,
un resoplido que nos consuela. Porque eres mi reflejo.
¿Qué serías tú
sin mí? Un vaso vacío. ¿Qué sería yo sin ti? Un vampiro.
Si te veo, no sé por qué, y creo que estarás de acuerdo conmigo en esto,
siento la necesidad de pararme, mirarte y observar cómo estás. Normalmente me
gusta lo que veo, y gran parte de la culpa la tienes tú, pero también es cierto
que hay otras ocasiones, muchas otras, que no me gusta tanto. Porque eres mi
reflejo.
¿Quién está contigo siempre? ¿Sin excusas? ¿Incondicionalmente? Estás
para mí… lo mismo que yo para ti. Porque eres mi reflejo. Si yo no estuviera,
tampoco estarías tú. De acuerdo, podrá haber otros, pero no sería yo.
Hoy estoy aquí de nuevo, en la barra del bar donde me gusta esconderme.
¡Brujo, que eres un brujo! Me has vuelto a encontrar. Te las apañas y das
conmigo nuevamente ¿cómo lo haces? Veo como soplas mi café tratando de ayudarme
a enfriarlo. Veo que lo haces desde el fondo de la barra, justo detrás de todas
las botellas. ¿Cómo sabes que quema?
¿Cómo sabes que está demasiado caliente para mí? ¡Ah, claro! Porque eres mi
reflejo. Te veo. Y tú me ves a mí.
Porque eres mi
reflejo. Quien mejor me conoce.
![]() |
| ¿Eres capaz de ver quien realmente eres? |
domingo, 26 de enero de 2020
La Sonrisa Infeliz
Con el eco de la voz de Carlos y María Dolores retumbando
en mi cabeza desde que salí de Cádiz y con más curiosidad que cansancio, puse
un pie en La Habana. Y cuando pones un pie en La Habana pueden pasar dos cosas:
que La Habana te tome o que seas tomado por La Habana. Porque después de 500
años esta ciudad bien que se ha aprendido la lección y crece sobre ti como lo
hace la hiedra trepadora sobre una vieja casita en los Cotswolds, o como cuando
mojas la puntita de una hoja de papel con agua, y poco a poco vas viendo como
la va empapando por completo.
La Habana te
empapa, te aborda con sus distintos emisarios, los cuales podríamos diferenciar
según el sector al que se dediquen: Emisarios del transporte, Emisarios de
Gastronomía y Emisarios de la Beneficencia. Cada uno de ellos con sus distintos
tipos de demandas, solicitudes y ofrecimientos: taxis, coches clásicos,
motonetas, coco-taxis, almendrones, bares con langosta y wifi, mojitos… ¿y tú
no tienes nada que regalarme mi amigo? Nada insiste más que las persistentes
olas del Estrecho de Florida sobre el Malecón, tan sólo el cubano, personaje de
peculiares y únicas maneras. A medida que vas conociendo esta ciudad vas
aprendiendo a tratarla, eso sí, cuesta un poco. Es como tratar con un
adolescente en plena edad del pavo. Lo quieres mucho, pero a veces lo matarías.
Te vas llenando poco a poco de su música, de sus ruidos, de moros y cristianos,
de viandas, de agua de coco, de reggaetón, de salsa, de miserias, de olores
desagradables... Pero sobre todo, de una cosa, de Sonrisas. Entonces, de
repente, después de ver una en una esquina cualquiera y otra más en la
siguiente, te percatas de la ironía: de la Sonrisa Infeliz. Porque en Cuba es
sonreír o llorar, sonreír o morir, sonreír o no comer, sonreír o no querer,
sonreír o no soportar, sonreír o no bailar, sonreír o no amar, sonreír o huir,
sonreír o no dormir, sonreír o no vivir.
- ¿Voy bien Camilo?
- Vas bien, Fidel.
Habana,
biblioteca de almas, y pobres, muy pobres diablos. Tan pobres como listos y más
listos que el hambre, más listos que tú.
¡Que hasta el café descafeinado lleva cafeína! Y te tocarán, te adularán y te
cantarán hablando. “Tú estarás muy duro, pero yo no tengo prisa”, como le dijo
el perro al hueso. Y el habanero, sin prisa, llegará hasta donde él quiera.
Roerá y roerá hasta ablandar el hueso duro que es su vida para finalmente
comérselo.
Ironía de una
sonrisa infeliz de una Habana colonial, tan opulenta como mendiga, tan rica
como miserable, tan reluciente como muerta. ¿Qué sería de una de esas almas,
las que ya murieron, las que vieron una Habana de colores, si se levantaran de
sus tumbas y vieran hoy una Habana gris? Esas que hacían del Floridita una
parada en su camino de peregrinación santera. Probablemente se quedarían de
piedra, como Hemingway apoyado en la barra sin su Daiquiri o a lo mejor se
meterían de nuevo en su nicho y dirían “tapadme, tapadme y no dejadme salir
jamás”.
Sonrisa infeliz
de la perrita Mulata, la guardiana dormida de San Ignacio y O´Reilly, que hace
la ronda por la Plaza de la Catedral. Compleja ironía de lo que es Habana hoy:
guardiana de la felicidad en estado de coma.
Edificios en
leprosa descomposición. Casas en renaciente transformación. Habana te canta
cuando pasa por tu ventana, “¡llevo chuches, llevo dulces, llevo agua de
coco!”. Pero yo quiero comprarte en pesos cubanos, aunque me tenga que comer la
cola eterna del Copelia, que el CUC es para guiris sonrosados.
Sonrisa infeliz
de una ciudad que estando en la UVI se ríe panza arriba. ¿Hay algo más grande
ni más bonito que reír mientras te estás muriendo? ¿Mientras estás en tu propio
cortejo fúnebre? Y sin embargo, Habana con embargo, de amores por encargo,
cargos que no llegan, llegan sólo turistas cargados de crema solar y cámaras de
fotos, fotos que no hago pero que se quedan en el réflex de mi memoria, memoria
de una ciudad que no olvida que no es ciudad sino todo un mundo, un mundo de
supervivencia. Y sin embargo, súper-vivencias.
Cuba el macrocosmos
y Habana el microcosmos del sonido, que no se acuesta por muchos cañonazos que
peguen, porque no calla, no para de sonar. ¿Qué mayor castigo te puede poner la
vida que ser sordo en Habana? ¿Y perderte cómo vibran las ondas de las Claves,
del Bongó o el Tres Cubano por el aire hasta aterrizar en tu corazón? ¿Tener
caderas y no saber cómo usarlas? ¿Ser ciego en el Malecón y no ver el
atardecer? Eso te dejaría desamparado en Desamparados. El baile cubano es un
baile que no se baila, sino que se siente, 1, 2, 3… 4, 5, 6… Muy adentro. Con
los pies pero también con las manos.
Sonrisa infeliz de
ambos mundos, los del Hotel, “el sitio en que tan bien se está”. Un sitio de
lujo que desde arriba te hace de mirador de la miseria, para que no te pierdas
detalle de la ruina ni del hedor visual. ¡Pero qué mojitos, Dios!
Fascinantemente penoso. Desagradablemente sabroso.
Sonrisa infeliz de
una ciudad de fotos en blanco y negro con matices de color. O fotos a color con
matices de blanco y negro, no sé cuál es el principal. Es confuso. No sé si hay
oscuridad o luz entre tanto contraste. No sé si es una felicidad triste o una
tristeza feliz.
Y Vivir en Cuba
es como hacer planes de futuro mientras te estás hundiendo en la ciénaga, o
calcular tu aterrizaje cuando no se te abre el paracaídas o pensar qué plato
principal pedir en el restaurante sin un peso en el bolsillo. Una paradoja
irónica, un imposible que de hecho, finalmente acaba sucediendo: los planes de
futuro se te cumplen, aterrizas sano y salvo y te acabas comiendo ese plato que
querías. Quizás el concepto tiempo sea más relativo, más denso, más tortuga que
gacela, pero de una manera o de otra las cosas pasan. Imaginación, ingenio y
optimismo son probablemente los ingredientes principales, pero este guiso
imposible también lleva una pizca de alegría, sacrificio, verborrea y 2 o 3
onzas de algo que a mí me parece admirable: Paciencia. La virtud del que espera
y no se desespera. El cubano espera y espera y espera indefinidamente, ya sea
sentado, recostado, bailando, haciendo una cola en la puerta del banco o
simplemente dormido, pero con la certeza de que aquello que se proponga, finalmente
se conseguirá.
Resulta
tremendamente complicado escanear con exactitud el alma de alguien a quien
acabas de conocer, identificar a simple vista cuál es su condición, acertar de
pleno en esos pequeños detalles que hacen que te guste o no, que lo ames o no.
Por mucho que digan, esa virtud está al alcance de muy pocos. Mirar fijamente a
los ojos puede darte alguna pequeña pista, pero lamento decirte que es sólo
eso, una pista. Tampoco pierdes nada en intentarlo, en desnudarte
metafóricamente con alguien ante el cual tu camino nunca se ha cruzado. Es a
cara o cruz. Y a mí con La Habana me salió cara. Muy cara. Porque perdí mi alma
mirándola fijamente, desnudándola con mi mirada y desnudándome ella con sus
encantos.
La Habana te
espera sentada a la sombra, al fresquito, tranquila, fumando. O en una esquina
del Paseo de Martí, de noche, donde ella se vende con tacones altos y escotes
profundos, con cara de niña y trabajo de mujer. Te mira, te guiña y le da una
calada a tus ansias de sentir.
Sus luces de noche te iluminan como lo hace un faro al
barco que desea atracar, o como unas flores a una enamorada. La Habana deja que
alguien tatúe en una mesa cualquiera de La Bodeguita del Medio
#EscúchalaHabana, mientras el mojito te arrasa de la boca a los pies para que
bailes, torpe europeo. Habana de Malecón eterno, de Ché victorioso, ¡Yanki!
¡Que José Martí te señala!
Habana vieja,
Habana nueva, rota, desnutrida, guerrera, que te ahogas y sacas la cabeza de
debajo del agua en tu último soplo de aire, mientras las olas rompen en el
Malecón con fuerza desgarradora. Caderas rompe cuellos, bailarinas al son,
niñas que juegan a ser mayores, mayores que juegan al dominó o a no morir,
muerte que apenas se atreve saltar por las murallas del Morro. Bares sin
Bucanero, bucaneros sin barco, barcos sin puerto, puertos con avenidas,
avenidas de San José y su mercado. Partagás que te metes entre mis labios pero
no me beses tanto que luego me dejas tu olor y no sabré como olvidarme de ti.
Llévame a Viñales con el campesino y allí sí que fumaré. Anda, vete ya, viejo.
España madre patria, hermanos, padres y abuelos. Capitolio sin opresor, fuera
de aquí.
Cuando entras en Habana experimentas una sensación que
muchos hemos tenido de pequeños al andar en bicicleta. Al principio te cuesta,
te tambaleas y dudas. Pero luego le coges el tranquillo. También es como si
estuvieras pedaleando tu vida tranquila, suave y a tu propio ritmo, pero de
repente, encallas en el barro, donde las pedaladas cuestan más, son más duras,
es más difícil continuar.
Habana, donde el
sudor húmedo termina donde empieza la toalla, donde un partido de fútbol o de
béisbol se juega en la carretera, a medianoche, en la Calle Infanta con 23.
Donde ya no hay caldosas entre vecinos, pero ¡Hasta la victoria siempre! y se
levanta una y otra vez como Ave Fénix, hay que volver a la vida, como sea.
Habana no te deja indiferente.
¡Ay! Mis cositas habaneras, la de la falda corta, y mucha,
mucha piel morena. La del pelo largo y mirada coqueta. Tanta piel como larga
sea la calle, sea Obispo, sea Sol o sea Amargura. Amargura que no pasa la
aduana, porque no tiene visado para entrar en este país. La Habana te habla, te
habla mucho. Una foto amigo, una foto hermano, que ésta linda sonrisa de 5
añitos sólo la verás en La Habana, mas suavemente te extiendo la mano palma
arriba, que a parte del atardecer y caminar, nada es gratis en esta vida, mi
amol. Porque soy más listo que tú y he vivido más. No hace falta que me mires
porque ya te miro yo, español, que de mí no te escapas.
Siéntate en las
escaleras de la Catedral, fúmate un puro mientras el sol te afeita la cara, que
la Bodeguita ya suena y se encarga de acariciarte los oídos. Oye mi son,
guantanamera, guajira guantanamera, aquí en la playa María, como se goza, aquí
en la playa María, tú me provocas, ¡Ay! María ven! Porque para ti yo guardo la
felicidad. Compay siempre Compay, Máximo Francisco Repilado, siempre en la
banda sonora de mi cabeza.
Ciudad abierta,
ciudad desnuda por una tarifa fija, destruida y viva, guerrera y sumisa, larga
como un Malecón lleno de pescadores. ¡Pero si esto es Cádiz! Hasta tienen el
Bar Mina en lo que es por mi madre la plaza Mina, donde si caminas y observas
atentamente podrás leer “Un pueblo culto cuida sus espacios verdes”, “No quiero
dejar tierra atrás… sino que la echen sobre mi tumba”. Aquí estoy en casa, mi
otra casa (¡no sé cuántas van ya!), porque huelo el mar y veo como tiran las
cañas. Yo soy de aquí, aunque no lo supiera. Nunca es tarde, ¿no?
17:30. Toque de
queda. Es Diciembre y el sol trabaja a media jornada. Cambio: sale el sol y
entra la luna ¡Ay, qué peligro tiene la luna habanera! Porque trae uno, dos,
tres mojitos, trae brazos por encima del hombro y muchos “yo te llevo”. No te
confundas, ella no te quiere, por mucho que te coja la mano sólo quiere tu
dinero. Te romperá el corazón en dos y la cartera en mil. Te acompañará
agarradita a tu cintura, esa que tú crees será tu negrita para siempre, pero
mañana por la mañana se olvidará de ti. Dormirá al salir el sol y aparecerá de
nuevo cuando salga la luna bandida.
Son tus luces, tus estrellas de bajo consumo las que
iluminan mi camino en la Habana vieja. Camino que acaba en un bar, bar donde
hay un camarero, camarero que te servirá una, dos, tres y la penúltima. El olor
de su perfume te llevará a bailar aunque no sepas, y sin saber ni cómo ni por
qué, acabarás otra vez en la calle, ebrio de júbilo y tu sudor danzante
recorrerá tu frente hasta saltar por el trampolín de tu nariz. Esa gota de
sudor acabará en suelo cubano, en suelo habanero, y será ahí amigo mío donde
estarás ya perdido, porque habrás bautizado suelo revolucionario con algo que
salió de tus adentros, que la propia ciudad te sacó sin darte ni cuenta. Le
estarás dando licencia a esa embrujada ciudad para que amueble dentro de ti.
Habana te habrá robado algo que antes sólo te pertenecía a ti, tus sentidos.
Habrás tatuado tu alma en suelo Santero, con el beneplácito de Changó y la
atenta mirada de Santa Bárbara.
En la Plaza de
la Catedral, Alicia Leal me murmuró algo al corazón, “las lenguas de las hojas
no murmuran de nadie”. Plaza donde deambulan los turistas como hormigas, como
termitas en un viejo trozo de madera. Turistas de dedos grises, peregrinos de
ETECSA ¿Cuánto vale comprar una hora de prisión? 1 CUC. Faloperos de la
tecnología, yonquis de Instagram y virus de la envidia y el aparentar. Hola
estoy aquí, hola estoy allá. Gústame ¿Por qué cerráis la ventana porque entra
brisa, pero abrís la puerta para que entre el huracán? Pena penita pena de ser
un pájaro y no querer volar.
En la Avenida Carlos III los balcones tienen gente tendida
y la ropa espera dentro. Balcones que controlan el tráfico, que te observan
como un Gran Hermano, no vaya a ser que fallen las cámaras que te vigilan en
cada esquina. Las paredes hacen de Páginas Amarillas, y Google son pegatinas
que se anuncian con un “Yo reparo”: espejuelos, modistas, eléctricos. Todo “se
arregla”, aunque tarde una eternidad en llegar de Panamá el recambio que
necesito. Aunque tenga que hacer filigranas con cuatro hierros y fabricar una
silla done antes sólo había escombros.
Los escotes tienen tatuado placer a un lado y dinero en el
otro. Allende me deja una frase brutal, lapidada en mi retina: “Ser joven y no
ser revolucionario es hasta una contradicción biológica”.
En la Plaza de
la Fraternidad Americana me espera, entre otros, Artigas, liberador de Uruguay.
Gracias, ya te haré una visita. Allí también Lincoln se esconde detrás del
Capitolio, como no queriendo mirar. Como avergonzado.
Norberto y
Alvarito son amigos desde hace sabe Dios cuántos años. Norberto tiene una leve
cojera en su pierna derecha, que nada más conocerlo, no me atreví a preguntarle
a qué se debía. Le di la mano eso sí. Pero al extendérsela también a Alvarito,
que se sentaba junto a él, me percaté que este no me correspondía al intento de
saludo. “Es ciego”, me dijo Norberto. “Pero ya tú viste cómo toca la guitarra,
¿no? Las manos divinas”. Son dos músicos fantásticos que suelen tocar cerca de
La Catedral, por San Ignacio, en una pequeña pero histórica calle, El Callejón
del Chorro, denominada así porque en ese callejón derramaba la zanja que surtía
de agua a la ciudad en el año 1592, como su único acueducto. De todo el
ambiente musical que viví en la Habana, quizás fue este el más mágico. El menos
repetitivo y el que más repertorio me dio. Me puso los sentimientos a flor de
piel y me despertó las ganas de escribir y de tener las entendederas de guardia
constante.
Estas son mis
cositas habaneras, las de Cádiz, las de Cuba. De momento son las que hay. Si no
te gustan, tíralas, ya escribiré otras cuando vuelva, Habana sinvergüenza. Ya
nos veremos, espérame que ya nos encontraremos en nuestro destino.
sábado, 14 de septiembre de 2019
19 Crimenes
"Only those who have stood within the bars and
heard the din of devils and the appalling sounds of despair, can imagine the
horrors of the hold of a convict ship."
A la edad de 16 años, John Williamson ya
había sido condenado varias veces por hurtos menores. Nunca nada demasiado
serio, siempre menos de un chelín, que si unas patatas de aquí, que si a lo que
el carnicero se descuidaba le birlaba unas lonchas de beicon por allí o como cuando
en una ocasión, en verano, llegó a robarle los calcetines a un señor que se estaba
dando un chapuzón en el río Gran Ouse, cerca de Kempston, y al que hizo salir del
agua para de una manera muy cómica, a lo Wile E. Coyote and the Road Runner, ir corriendo tras él varios cientos de metros descalzo, mojado
y en gayumbos. Vamos, una tragicomedia
que ni Lope, ni Lauren & Hardy ni Robert
Garnier. Esta escena de persecución vendría a terminar de una manera
ciertamente desafortunada para nuestro protagonista, ya que un inoportuno resbalón
durante su huida hizo que el malogrado y canijo cuerpo de John se diera de bruces
contra el suelo, ya cerca de Ham Fields. Tras tremebundo golpe, el pobre desgraciado
perdió de una tacada la consciencia, la libertad y dos de sus mejores dientes.
Este y otros latrocinios menores le hicieron
pasar varias temporadas, a intervalos, en el centro penitenciario de Common Gaol, donde como os podéis
imaginar, no pasó buenas noches precisamente. Sin embargo, su vida daría un
giro de 180 grados cuando el 7 de Abril de 1787, fue condenado por la justicia
a Transporte Forzoso, destino Australia, a causa de un hurto mayor. En toda
regla, una patada en el escuálido culo de John, para quitarse un problema de
encima. Aunque más bien fueron alrededor de 1500 problemas. De esa manera,
junto a otros 1499 convictos, John pasaría a ser uno de los integrantes de la First Fleet, un 13 de Mayo de 1787. En
qué momento de su vida iba a verse el pobre diablo viajando a Rio de Janeiro y
Ciudad del Cabo antes de Botany Bay,
si casi no sabía contarse los dedos de las manos más que para pedir ale en alguna Public House.
John contaba por aquel 7 de Abril con 27 años. Robert Cooper, el que
fuera hasta hace no mucho su empleador
en una pequeña granja a las afueras de Bedford, fue el que puso en aviso a las autoridades
de que, según la propia versión de Robert, nuestro amigo John le robó una
cantidad de cebollas cercana a las 4 fanegas y cuyo valor excedía los 5
chelines. El señor Cooper no tenía más testigos que sus propios ojos, con los
que llegó a reconocer y señalar perfectamente al acusado durante el juicio. Cierto
es que John nunca fue visto portando las cebollas supuestamente robadas al
señor Cooper, aunque cierto es también que cuando fue apresado en su casa al
día siguiente y al exclamar a gritos su inocencia, el tufo encebollado de su
aliento no pasó desapercibido para ninguno de los agentes que lo apresaron,
llegando inclusive a tener que echarse algunos
de ellos el antebrazo a su propio hocico y hasta secarse las lagrimillas con
los ojos enrojecidos. ¡4 fanegas de cebollas se comió el pobre hambriento! Quedaba
claro pues. C´ya la´er England!
Toda vez que zarparon, una vez recogidos todos en los brazos de Charlotte, y siempre a las órdenes the
Thomas Gilbert, en el octogésimo tercero de 252 días de viaje, una guitarra lyre-shaped sonaba, acompañada por una
voz rota, melancólica, pero potente. Era John Williamson. Como un esclavo que
rompe sus cadenas, el resto de convictos oían atentos como cantaba con dulzura,
un adiós a esta vieja Inglaterra para
siempre, adiós a mis compañeros de bar y bebida, adiós a la famosa Old Bailey,
¡donde siempre su oleaje era tan grande! Me voy cantando, me voy así como
veréis, os veré en Botany Bay. Mi crimen contra la nación británica vino a
dejarme totalmente pelado, sin blanca, era muerte o transporte, y alguien lanzó
una moneda al aire, salió cara y no cruz, mi suerte de que me mandaran bien
lejos. Os veré en Botany Bay. El Capitán es ahora quien manda, están también el
contramaestre y toda la tripulación, pasajeros de primera y pasajeros de
segunda, todos cantando, ya os veré en Botany Bay. Seas Duque o Duquesa da
igual, escuchadme bien lo que digo, más os vale que sea vuestro lo que toquéis,
o si no a nosotros os uniréis en Botany Bay.
La belleza de la playa de Botany
Bay quizás sólo sea superada por el color rojo fuego de sus atardeceres.
Luz contra mar, fuego contra agua, pasión contra calma, ese es el mensaje que
parece lanzarnos la bahía cuando el sol comienza a caer por el horizonte. Un
mensaje de pelea, de lucha. Rojos entremezclados con naranjas y amarillos. Vida
pura. Como un corazón desatado. Desde el pequeño puente de madera en el Bare
Island Fort te saludan las gaviotas al llegar. Dicen que los que atraviesan la
bahía por primera vez, quedan tan impresionados que hasta olvidan el lugar de
donde zarparon.
El 13 de Mayo de 1787 John dejó atrás muchas cosas, sus dos dientes en
una calle cerca de Ham Fields principalmente, pero también una vida entera. Lo
bueno, que sin él saberlo, el 20 de Enero de 1788 otra vida se le pondría por
delante. Quizás marcado por el largo, tedioso y penoso viaje, o quizás
embrujado por los colores de la Bahía, John decidió que como los colores del
atardecer, él también pelearía, también lucharía por un nuevo amanecer, por
empezar de nuevo. Todavía estaba a tiempo.
Y gracias a John y las cebollas que robó, estoy hoy yo aquí tomándome una
copa de vino.
¡Salud!
Todo, por 19
crímenes.
- Hurto mayor, robo por valor de más de un
chelín
- Hurto menor, robo por valor de menos de un
chelín
- Comprar o recibir objetos robados tales como
joyas, vajillas,…
- Robo de plomo, hierro, cobre, comprado o
recibido
- Hacerse pasar por egipcio
- Robar en casas amuebladas
- Prender fuego en el sotobosque
- Robar cartas o correspondencia y esconder
dinero
- Asalto con intento de robo
- Robar pescado de un lago o río
- Robar raíces, árboles, plantas o destruirlas
- Practicar bigamia
- Asaltar, cortar o quemar ropa
- Falsificar monedas de cobre
- Matrimonio clandestino
- Robar el sudario de un fallecido
- Barqueros que transporten a demasiada gente en
sus botes, más si alguno cae al agua y se ahoga
- Granujas incorregibles que se escapen de la
cárcel o personas indultadas de la pena capital
- Robar
en tiendas navales, según qué casos.
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